Santo Domingo inhóspito

Santo Domingo es una ciudad que maltrata. Tal vez no te engulle como Nueva York, pero Santo Domingo, con su basura, sus aceras inservibles y sus talleres improvisados, te muerde, te empuja y no te muestra ninguna compasión. Al contrario, se burla de ti porque luego quiere brindarte amor.
Y sí, porque a pesar de todo eso, he de reconocer que Santo Domingo tiene su encanto y, para mí, incluso zonas idílicas. Por supuesto que en los primeros lugares siempre estarán las calles de la Zona Colonial, pues mi debilidad y enamoramiento son descarados. Subir por la Hostos, doblar en la Salomé Ureña hasta llegar al vivero frente a la iglesia Mercedes, es olvidar dónde estás. Atravesar la Meriño, mano en mano, saludar a los porteros habituales de los colmados, te transporta lejos de los atracos diarios.
Ver salir el sol en un banco del Malecón es parte del ideario de todo capitaleño de más de 30, recorrer esa avenida, desde Montesinos hasta Metaldom, un domingo en la tarde, sintiendo la brisa del mar, se compara con pocas cosas. O subir por una de las callecitas hasta la Independencia y caminar hasta Gazcue. El Gazcue hoy casi demolido y ultrajado.
Pero el idilio con la ciudad de Santo Domingo, cruza la 27 de Febrero. Amo el tramo de la av. Tiradentes, desde la San Martín hasta la Coronel Fernández Domínguez, frente al partido rojo. Esos hermosos árboles que protegen del inclemente sol son un testigo de la ciudad que antes teníamos.
Me encanta que aún haya callecitas que me sorprendan porque no las espero. Porque creo que ya no existen y, a veces, ahí están. Una combinación de verde, nostalgia y tranquilidad las hace encantadoras. Yo creo que cada barrio, cada urbanización, cada sector tiene una, y es lo que evita un éxodo masivo y que Santo Domingo se convierta en la ciudad devastada y apocalíptica que sus autoridades parecen tener en mente.
Gracias a Davide y Emmanuel que me retaron.

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Se va el 2012.

Siéntanse libres de dar saltos de alegría, si a ustedes el 2012 los golpeó, maltrató, pulverizó como a mí.

Pero como siempre hay un pero, he decidido (“decidido” = dicen todos los libros que me recomiendan para mejorar mi ánimo) enfocarme en lo bueno, positivo, sano, en fin, en la abundancia que sí se evidencia en mi vida. Por eso, quisiera que antes de terminar este año poder hacer algunas cosas de las que disfruté en este fatídico periodo. Estoy consciente de que sólo le quedan 5 días a este año, pero creo que hasta yo en mi vagancia podré lograrlo:

Disfrutar un atardecer con un café y una margarita de jengibre en La Alpargatería.

Desayunar en el Palacio de la Esquizofrenia, frente al Parque Colón, en la Zona Colonial, con toda la calma del mundo y bolitas de queso.

Ver una película vieja en el Rincón del Cine.

Aún así, justo es dar gracias por lo que sí tuvo de bueno este 2012:

Retomé mi lucrativa y centelleante carrera en la radio, con los Martes de Lectura a través de Uepa Radio Show. Gracias a Aura Rosa por confiar en mí.

Se fortalecieron amistades nuevas, semi-nuevas y viejas. Siempre hay gente a la que querer.

Regresé a una de las agencias que me acogió durante mis inicios en la publicidad, y a la que siempre quise volver. ¿Ven? ¡visualizar sí funciona!

Nació mi bello sobrino Giovanni Rafael, al que aún no conozco en la vida real pero del que tengo tantas fotos que puedo publicar dos libros. No aguanto las ganas de apretarlo.
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Mi madre está sana y fuerte, Alma crece y aprende, me llena de retos que debemos superar cada día, pero el aprendizaje es para ambas y así lo enfrentaremos.

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Gracias a la vida que te quita y te da. Aún lloro, pero acepto que es natural y que así será por un tiempo. Que las lágrimas no me impidan nunca dar las gracias.

 

La taza de hoy.

Rico café con leche que me tomé en La Alpargatería.