El peor enemigo de una mujer.

El otro día mi hija me comentó que una amiguita había dicho que Betty Boop (el personaje de dibujos animados de los 50s) era una prostituta. Cuando le pregunto que por qué su amiga pensaba eso, me dice que por la ropa que viste y que todas las mujeres que se visten así son prostitutas también. Ya ustedes saben, ¿verdad? El frenazo, el trago en seco, la mente trabajando a millón. Qué le digo, qué le digo. Si una se altera, después no quieren hablarte, si criticas su amiga, menos. Uf.

Lógicamente, la primera pregunta fue si ella sabía lo que es una prostituta. Segundo, el sermón sobre no juzgar, aceptar el estilo personal, la libertad y demás conceptos que, gracias a mi eterna letanía, pareciera que mi hija ha captado porque me contestó que ella no pensaba igual y había tratado de explicarle a la amiga.

Esa conversación me dejó pensando en todas las veces que nosotras las mujeres, yo misma incluida, nos descalificamos mutuamente. Somos las primeras en criticar, juzgar y destripar a una compañera por sus actos, sus decisiones, su actitud, lo que sea. Y lo hacemos de una manera tan cotidiana y natural que lo estamos inculcando en las niñas, así el día de mañana ellas también descalificarán a las mujeres de su entorno. Hasta el hecho de criticar a una artista influye. Cada vez que decimos en voz alta que Taylor Swift es un avión o Miley Cyrus una loca, las estamos enseñando a no ser solidarias ni respetar a otras mujeres.

Es una constante que las primeras enemigas que una mujer tiene son las mismas mujeres a su alrededor. Yo, personalmente, soy incapaz de llamar chapiadora a una mujer, por peor que me caiga. En esa palabra, la de moda ahora, va toda la carga patriarcal que le endilga a la mujer todo lo sucio y malo de la humanidad. La infidelidad, los cuernos, el abandono, la deshonestidad, el interés y demás. Entonces, por supuesto, si el marido es infiel, es por culpa de esa mujer vagabunda que lo sonsacó, si el hijo se casa, es por esa arpía que no quiere a su familia, si es en el ambiente laboral, por supuesto que se está acostando con un jefe para tener ese puestazo, hasta “está aburrida hoy porque el marido no le hizo nada”. Los ejemplos son infinitos  Me parte el corazón escuchar mujeres llamándose a sí mismas con ese término, acusando de sinverguenza a una víctima de violencia doméstica, escondiendo toda su ira detrás del “ella me lo quitó”.

Pero esto no cambiará si no cambiamos nosotras. Si no paramos hoy, de criticar, juzgar y acabar con otras mujeres, como deporte. El mal comportamiento seguirá estando ahí, pero, ¿de verdad es a ti que te toca juzgar la vida y las decisiones de esa mujer que criticas? Piénsalo antes de hablar.

La imagen es del fanpage de la Dra. Nancy Alvarez.

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Como siempre, la Iglesia buscando la fiebre en las sábanas.

Advierto la avalancha de comillas de este post.

“Los anticonceptivos son enemigos de la familia”.

Según la Carta Pastoral, ésta es una de las razones del “descalabro social”  que vive el país. Claro, porque llenarse de hijos no deseados o que no puedes mantener, son el secreto de la felicidad eterna. Anja.

El matrimonio gay y el “desenfreno sexual” son otros de los enemigos de las “buenas costumbres y los valores morales”. Y yo pienso que, para variar, los representantes locales de la Santa Iglesia están enfocando sus cañones a la dirección  más errada y fácil de todas. ¿Por qué la Iglesia no habla de la falta de educación escolar, de las niñas que son obligadas (vendidas) a unirse a hombres adultos para mantener a sus familias, hasta para comer, por qué no reconoce que su negación a la educación sexual de niños y niñas,es una de las razones que  empuja a generaciones completas al mismo círculo de miseria?

¿Por qué no buscar las causas en la desigualdad social, en la falta de oportunidades para TODOS, hombres y mujeres, en la impunidad que permite al poderoso robar y al pobre, “joderse”? ¿Por qué no habla de la perpetuación del modelo machista que facilita, o justifica, que el hombre tenga varias familias, con hijos por doquier, hecho que es alabado por la sociedad, incitado desde que el niño empieza a hablar? Ese modelo de macho que tantas veces engendra ese ausentismo paterno, dolorosamente reproducido en miles de familias dominicanas. Hombres que preñan y parten, que a veces sólo proveen y otras tantas ni eso.

¿Por qué no reconocen que el clima de opresión que deben sobrevivir los homosexuales y las lesbianas, crea el escenario perfecto para las dobles vidas, los engaños, la vulnerabilidad? Cuando una sociedad no permite a sus miembros vivir en total y completa de libertad de elegir a quién ama y a quién se une, algo está muy mal.

Y, por supuesto, según la Pastoral, el divorcio es otra de las principales causas del tollo social que vivimos, porque las golpizas, la violencia, la infidelidad patológica, la falta de amor, son tal vez las claves de un matrimonio duradero y feliz. Ah verdad, que en el 1954, donde se quedó la Iglesia, sí lo es.

Ayer jueves, Inés Aizpún, siempre certera, hablaba también de la doble moral de la sociedad dominicana (común en todas las sociedades que viven bajo el esquema conservador y machista), que aúpa al personaje público y se hace de la vista gorda ante sus “indiscreciones” y “deslices privados”, como suelen denominarse a las amantes, queridas y segundas-terceras familias de los hombres prestantes.

No pretendo crear un tratado sociológico de por qué nuestra sociedad va por la cloaca, ya que no poseo ni los estudios  ni la preparación, pero como simple mortal, madre, ser humano, ser con tres dedos de frente, fallo al tratar de entender cómo se insiste en buscar culpables donde no están.

Esta es la nota del Diario Libre que reproduce parte de la carta.

Y las convenciones sociales, ¿se enseñan?

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Incluso las que son remanentes de una época de sumisión ya anticuada y –creemos- superada, ¿hasta esas se enseñan?

 So pena de criar futuros inadaptados sociales  (o como poco, adultos con serios comportamientos “raros”), ¿debemos seguir enseñando, por ejemplo, que una mujer no ofrece ni extiende la mano ni se pone de pie para saludar a un hombre, o que debe esperar que le abran la puerta, cualquier puerta? Si se deben enseñar sólo porque es socialmente aceptado, ¿cuándo cambiarán estas costumbres? De seguro, nunca lo harán si todos continuamos asumiéndolas.

No me parece mal, ni me molesta que un hombre le abra la puerta cortésmente a una mujer, pero tampoco está mal que sea ella quien lo haga. Para mí, lo cortés es que la abra  quien llega primero a ella y que ceda el paso a quien lo necesita: envejecientes, personas (ya sean hombres o mujeres)  con niños y/o paquetes.  Lo que sí me alegra haya desaparecido casi en su totalidad es el hábito de sostener el codo de la mujer cuando la pareja camina junta. Cosa que me molestaba a mí.

 Honestamente, no tengo la respuesta si continuaremos enseñando estas costumbres sociales o no, es una interrogante que me persigue hace días, simplemente porque alguien me dijo (me corrigió) que mi hija debía saludar a tal o cual, y yo me quedé pensando en el por qué hay que hacer ciertas cosas. En nuestro caso particular, me esfuerzo en que ella entienda que debe saludar cuando llega a un lugar, con un buenas tardes, hola, hasta con un “qué tal” si quiere, que eso es obligatorio, pero lo que no lo es, repartir besos ni abrazos. A nadie. Rayos, ni a mí si no lo siente. 

“En vez de aprender a arrepentirse de los pecados, sería mejor aprender a no caer en ellos, ¿no les parece?”

Esta frase le pertenece al personaje principal de la novela El Arte de la Resurrección de Hernán Rivera-Letelier, y entre todas las sabias frases del libro, ésta recuerdo que me impactó. Mucha gente, sobre todo mientras más beata es, ha perfeccionado el arte de darse golpes en el pecho, hacer actos de contrición y pedir perdón.

Sé bien, muy bien, que el espíritu humano es débil, poco confiable y veleidoso por momentos, pero posee de hermanito el raciocinio y la capacidad de análisis. Si sabe que está mal, no lo haga. Si sabe que no es cierto, no lo diga. Si no es suyo, no lo tome. Si no lo ha pagado, no lo use.

Parecería un principio demasiado básico y elemental, pero cada día, al leer la prensa, comprobamos que no es así necesariamente. Al menos, los funcionarios del gobierno no lo han dominado aún. El punto es que nosotros como pueblo no creo que estemos dispuestos a esperar que “re-aprendan”. Yo no sé si las protestas convocadas, que son varias, se efectuarán, si tendrán éxito, si yo las apoyaré, si serán masivas, honestamente no lo sé. Lo que sí sé es que ya es tiempo de salir de esta demencia y empezar a hacer las cosas de otra manera y, finalmente, obtener resultados diferentes.

 

Si vamos de mal en peor, ¿cuál es el final del camino?

Esta sociedad está atravesando una transformación pasmosa, dolorosa e inexplicable. Al menos, ante los ojos ignorantes de los que no somos sociólogos ni filósofos. Yo pienso que no es fortuito ni de repente. Es el resultado de años, décadas, de deterioro social, moral, intelectual, económico, no sé, de tantos -o todos- los factores.

Desde poseer uno de los niveles más altos de embarazos en adolescentes en AL, presenciar una violencia que arrasa con la vida de la manera más pendeja, los omega-simón-willy aybar que hacen y deshacen, los videos de agosto que obtuvieron más espacio en los medios que los crímenes en sí, hasta fiestas en las que jóvenes (suponemos) glorifican uno de los episodios más vergonzosos de la historia reciente, el KKK.

Freddy Beras decía que esta isla había que buscarle el tapón y dejarla ir, para poder comenzar de nuevo, que no tenía arreglo. ¿Y será verdad que es así? ¿A dónde es que vamos a llegar, es que la estupidez y la inconsciencia no tienen límite alguno? No puede ser.

Uno a uno, en nuestras casas, debemos poner punto final a tanta permisividad, violencia, irrespeto e impunidad. Así como debemos aprender a exigir nuestros derechos, cumplir nuestros deberes, debemos apoyar las manifestaciones que persiguen el cambio. Debemos detenernos de inculcarle a nuestros hijos el “no te quede’ dao'”, y enseñar resolución de conflictos, educar para la paz. Pero también debemos dejar de robarnos un pedazo de calle porque “nadie me está mirando”, debemos pagar nuestra luz, respetar el derecho del vecino. Aprender finalmente que para exigir debemos dar lo que nos corresponde. Devolver la justicia y la equidad a esta sociedad. Si es que alguna vez la tuvo.