La Peste, Albert Camus. Reseña.

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La desesperanza es el más debilitante sentimiento que ataca al ser humano; rendirse ante, no sólo la adversidad, sino ante lo que pueda venir, lo desconocido, lo habitual. Todo es igual de escalofriante. Y eso es lo que le sucedió a la gente de Orán: se dejaron atrapar de la desesperanza (la peste), que los consumió y destruyó. Un libro pasa a la lista de favoritos cuando las enseñanzas son más numerosas que sus páginas, y es lo que Albert Camus me produce.

Acabamos de leer este libro en la secta literaria, y me sobrecogió e impresionó tanto o más que El Extranjero. El paralelismo del autor entre la peste ficticia y la desesperanza que invade al ser humano, en momentos de su vida, es por páginas, realmente palpable, otras la descripción de la situación de esa ciudad es tan detallada y perfecta, que olvidas la metáfora y te sientes en el centro mismo de tan triste lugar. Puedes oler los restos de basura acumulada por falta de trabajadores que la recojan, puedes escuchar la sirena de la ambulancia o los llantos de las familias de los muertes, hasta oír los pasos de la horda de ratones. Y cómo esa deseperanza te hace presa fácil de caer en los absurdos más impensables: todo es posible y nada es imposible, y como esto es así, ¿para qué esforzarte, para qué amar? Terrible.

La obra fue publicada  en 1947 y cuenta la historia de unos doctores que descubren el sentido de la solidaridad en su labor humanitaria en la ciudad argelina de Orán, mientras ésta es azotada por una plaga. Los personajes del libro, desde médicos a turistas o fugitivos, contribuyen a mostrar los efectos que una plaga puede tener en una determinada población. Se piensa que la obra está basada en la epidemia de cólera que sufrió la misma ciudad de Orán durante 1849 tras la colonización francesa, a pesar de estar ambientada en el siglo XX. La población de Orán había sido diezmada por varias epidemias repetidas veces antes de publicar Camus la novela (wikipedia).

Le decía a un amigo que, para mí, un libro me debe sobrecoger, cautivar y sacudir. Si no hace nada de eso, para mí no sirve, para mis propios fines, para otros, puede ser el mejor libro de todos. Yo no busco lecturas que me diviertan ni me ayuden a evadir, o tal vez sí, de una forma perturbadora. Y eso logró La Peste y logra Albert Camus, siempre, cada vez.

Lo recomiendo 100%.

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Matar a un ruiseñor. Libro

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La autora Harper Lee durante la filmación de la película, en 1962.

Un libro encantador, no sólo por una protagonista adorable, que se roba el corazón del lector en la tercera línea, sino por haber dibujado el retrato de un padre, quizás imperfecto a los ojos de la familia tradicional, pero perfecto para la tarea de criar seres humanos inquisitivos, justos y felices. Atticus Finch es el epítome de integridad y rectitud, así como de inteligencia y ecuanimidad. Tal vez demasiado perfecto el retrato, lo cual sería mi única crítica. Demasiado bueno para ser verdad, pues casi no logras ver defecto alguno en este personaje tan cuidadosamente hilvanado. Algo comprensible si tomamos en cuenta que la autora lo dibujó como un homenaje a su propio padre.

Entiendo, después de leerlo, por qué Matar a un Ruiseñor es una obra tan importante de la literatura norteamericana y por qué las escuelas lo incluyen en su currículum prácticamente desde su publicación; trata el tema del racismo, latente y rampante en los años 30, rurales estadounidense, pero de una manera tan directa que, imagino, no resultó nada difícil ubicar la historia en la época de su publicación (los tumultuosos años 60), e incluso hoy día.

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Créditos iniciales de la película

Es imposible leer este libro, conocer de su éxito casi inmediato, de su premio Pulitzer y no tratar de especular en el misterio que es su autora. Una ensayista sureña, desconocida para las grandes masas de lectores, que de la noche a la mañana es catapultada al soñado éxito literario, coronada con uno de los premios más admirados e importantes, sólo para retraerse y regresar a su pueblito. Harper Lee no escribió nunca otra obra, se extrajo a sí misma de la “vorágine del éxito”, para la cual “no estaba preparada ni dispuesta”. Muchas líneas se han escrito sobre la posibilidad de que Matar a un Ruiseñor no haya sido fruto de su pluma sino de su gran amigo Truman Capote, y viceversa. Que A Sangre Fría tiene más de Lee que de Capote. Nunca sabremos la verdad, sólo tenemos las palabras de la misma autora que ha dicho: “quisiera ser la Jane Austen del siglo XX”. Y creemos que lo logró, con más esfuerzo que la Jane pero lo ha logrado.

Lo recomiendo y lo disfruté, a pesar de haber leído una edición en español un tanto rebuscada (repleta de “vosotros habéis”, “haberos ido sin avisar”, y demás), que logrará que lo lea de nuevo, pero en inglés. Por tanto, no he de tacharlo aún de mi lista “Por Leer”.

images-1Una de las ediciones del libro, que pueden comprar aquí.

Los libros y yo.



Eso es lo que se llama una historia de amor apasionada. Los acumulo cual avaro prestamista, sueño con ellos y mantengo listas interminables de títulos anhelados. No se los presto a nadie, ningún argumento me convence, las únicas veces que he claudicado (se pueden contar con mi mano derecha y me sobran dos dedos), el resultado reafirma aún más mi egoísmo. Aquéllos que calan en mi corazón, muchos, los releo con asiduidad para revivir esas historias y los momentos pasados con ellas.

Recuerdo que en el negocio que mis padres tenían se vendían libros y revistas distribuidos por Amengual. Durante varios años trajeron unas colecciones de los grandes clásicos y títulos de la literatura contemporánea, circa mitad de los 1980’s. Dos de ellas fueron a parar íntegras a mi colección personal, y aún hoy poseo Residencia en la Tierra (del cual le leía a mi hija cuando era bebé), Cien poemas y una canción desesperada, Dr. Zhivago, La Montaña -de Thomas Mann- y Crimen y Castigo.

Hoy, por cuestiones prácticas y dolorosas, no dispongo de espacio para atesorar esa misma cantidad de libros, y he debido almacenarlos y quedarme con los imprescindibles. Categoría que va aumentando, casi sin darme cuenta. Para calmar mis ansias, me dedico a llenar mi estante virtual.

Sólo recientemente he aprendido que los libros, una vez terminan su historia contigo, deben proseguir su camino y, tal vez, cambiar la vida de alguien más. Una filosofía compartida por el poeta Miguel Yarull, la cual le agradezco. Así, al decidirme a donar mis viejos libros a la FLUC confieso que me costó hacerlo con muchos de esos títulos que me acompañaron durante tanto tiempo. Con otros no, es la verdad, hay libros que no producen ningún cambio en ti, por tanto, has de dejarlos libres.

Hace un año, encontré una vía que me permite vivir esta pasión de otra forma, con un poco más de apertura y, que gracias a una condición poco gregaria que me caracterizó por la mitad de mi vida, nunca había probado. Es un club de lectura, en el que he leído libros que tal vez no hubiese escogido por mí misma, otros a los que he visto con diferentes ojos. Hemos disfrutado libros profundos, por los que nos hemos dado cabezasos, libros irremediablemente malos, libros ligeros dignos de una tienda de aeropuerto, libros cómicos y libros desesperantes. Ah, la diversidad.

Cada tanto, cuando la realidad agobia, me pregunto si no aparecerá nada (ni nadie) que acceda a pagarme por leer y comentar libros (a lo que podemos sumarle, ver pelis y obras de teatro, pero eso es otro post).

® La foto es prestada de http://www.mycigarsite.com/subopciones/opcion7a/opcion7aesp.html