RIP Steve Jobs.

Estando aún en el colegio, mi madre, una señora visionaria y enemiga del ocio, insistió en que aprendiéramos a usar las computadoras. Estábamos a finales de los años 80, por lo que comenzamos clases en Ares Datos. Yo no aprendí absolutamente nada y me intimidaba esa pantalla negra con caracteres verdes tipo robot. Mucho hablar de sistema operativo, lotus, no sé qué y demás, y yo no entendía la utilidad.

No fue sino hasta la mitad de mi carrera de Publicidad que me enfrenté cara a cara con una Macintosh Classic, en la clase de Diseño Gráfico por Computadora (vaya título, eh?), dictada por mi amigo Reynaldo Logroño. Eramos tres por equipo por lo que no teníamos mucho tiempo con ella, pero el sólo hecho de estar en ese “laboratorio” ya se sentía diferente. Ya en mi segundo trabajo en agencia publicitaria,  disponía de una Classic para mí sola. Y ya, eso fue el cierre del trato: me convertí en una Mac lover hasta el sol de hoy. Desde la MacBook en la que escribo esto, mi teléfono, los ipods atrasados que aún arrastro de cartera en cartera hasta mi querida primera mac mía de mi propiedad, una ibook azul.

Mucho se ha hablado, y se hablará del legado de Steve Jobs en este día de su muerte. Yo prefiero recordar el primero de una serie inolvidable de comerciales que, sólo ellos, han hecho historia. Este, el comercial de lanzamiento de la Macintosh 128K es un caso de estudio en la publicidad. Dirigido por Ridley Scott, se estrenó en el Super Bowl de ese año y costó US$1.5 millones, lo que hoy no cuesta ni un bumper de entrada de un programa de la televisión estadounidense. “1984” marcó un antes y un después en la publicidad, y es considerado por muchos como una obra maestra.

Que en paz descanses Steve Jobs. 

 

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Bañito para el bebé

Yo no tengo bebés, ni planes, pero si tuviera uno hasta yo quisiera bañarme ahí. Yo sí sufrí durante esas primeras sesiones de baño de la pequeña yo, hasta lágrimas hubo, y no precisamente de la niña.

Los libros y yo.



Eso es lo que se llama una historia de amor apasionada. Los acumulo cual avaro prestamista, sueño con ellos y mantengo listas interminables de títulos anhelados. No se los presto a nadie, ningún argumento me convence, las únicas veces que he claudicado (se pueden contar con mi mano derecha y me sobran dos dedos), el resultado reafirma aún más mi egoísmo. Aquéllos que calan en mi corazón, muchos, los releo con asiduidad para revivir esas historias y los momentos pasados con ellas.

Recuerdo que en el negocio que mis padres tenían se vendían libros y revistas distribuidos por Amengual. Durante varios años trajeron unas colecciones de los grandes clásicos y títulos de la literatura contemporánea, circa mitad de los 1980’s. Dos de ellas fueron a parar íntegras a mi colección personal, y aún hoy poseo Residencia en la Tierra (del cual le leía a mi hija cuando era bebé), Cien poemas y una canción desesperada, Dr. Zhivago, La Montaña -de Thomas Mann- y Crimen y Castigo.

Hoy, por cuestiones prácticas y dolorosas, no dispongo de espacio para atesorar esa misma cantidad de libros, y he debido almacenarlos y quedarme con los imprescindibles. Categoría que va aumentando, casi sin darme cuenta. Para calmar mis ansias, me dedico a llenar mi estante virtual.

Sólo recientemente he aprendido que los libros, una vez terminan su historia contigo, deben proseguir su camino y, tal vez, cambiar la vida de alguien más. Una filosofía compartida por el poeta Miguel Yarull, la cual le agradezco. Así, al decidirme a donar mis viejos libros a la FLUC confieso que me costó hacerlo con muchos de esos títulos que me acompañaron durante tanto tiempo. Con otros no, es la verdad, hay libros que no producen ningún cambio en ti, por tanto, has de dejarlos libres.

Hace un año, encontré una vía que me permite vivir esta pasión de otra forma, con un poco más de apertura y, que gracias a una condición poco gregaria que me caracterizó por la mitad de mi vida, nunca había probado. Es un club de lectura, en el que he leído libros que tal vez no hubiese escogido por mí misma, otros a los que he visto con diferentes ojos. Hemos disfrutado libros profundos, por los que nos hemos dado cabezasos, libros irremediablemente malos, libros ligeros dignos de una tienda de aeropuerto, libros cómicos y libros desesperantes. Ah, la diversidad.

Cada tanto, cuando la realidad agobia, me pregunto si no aparecerá nada (ni nadie) que acceda a pagarme por leer y comentar libros (a lo que podemos sumarle, ver pelis y obras de teatro, pero eso es otro post).

® La foto es prestada de http://www.mycigarsite.com/subopciones/opcion7a/opcion7aesp.html