Los menores en los bares y discotecas. A propósito del más reciente incidente.

Discoteca_Dantes

Es difícil pedirle a un padre/madre que bonchaba en Alexanders a los 15 ó 16 años, que no deje salir a sus hijos adolescentes. No lo entienden. Y no lo entienden porque en una cultura donde a los 12 años te dan tu primer trago, “pa’ que aprendas a beber”, concientizar para que los menores no consuman alcohol parece una tarea imposible.

Por más que hagan redadas en los lugares de diversión, por más que Roxanna Reyes “se tire” a recoger los menores o se inventen lugares donde no venden alcohol (ejem), estos van a seguir asistiendo a los mismos establecimientos que deberían estar prohibidos para ellos. Y lo harán porque las medidas no duran, porque los porteros se hacen los locos, porque los dueños dejan entrar a los que gastan y, sobre todo, porque los padres los dejan en la puerta, les entregan un carro y llaves de la casa o, peor, no saben dónde están. Todo el mundo ha dejado de ir a un bar porque, de repente, “vive lleno de menores”. ¿Y entonces?
Y no es juzgando a todos por igual. Muchos padres y madres quieren confiar en sus hijos e hijas (que las chicas no se quedan atrás) y, por tanto, les dan libertades y los mandan a la calle con instrucciones: no bebas, no fumes, no te montes en el carro de nadie y menos si han bebido, llámame si pasa cualquier cosa. Muchos acatan todas esas instrucciones, otros no.
El problema está que a los 16-17 años no tienes la madurez ni la sangre fría para hacer frente a algunas situaciones que se presentan cuando hay alcohol, noche, ánimos desinhibidos y hormonas juntas. Y eso lo sé yo hoy, 20 y pico de años después de mi primera -y única- visita a Club 1900, en los 80′. ¿Cuántos adolescentes saben qué hacer si se arma un pleito en su grupo, si sacan un arma y hay un herido?
Yo no he llegado a esa etapa aún, y cuando llegue, espero ser una madre abierta, comprensiva y que recuerde su adolescencia, las fiestas y salidas. Lo bueno y lo malo.
Este post viene a colación luego del más reciente incidente ocurrido en un bar/restaurante de la capital, en que un menor de 17 años fue atacado y resultó con lesiones que lo mandaron al hospital (donde me parece que aún está interno). Eran las 3 de la mañana, se armó un pleito, por razones confusas, y un grupo de hombres le cayó a golpes a este joven. Muchas cuestionantes: ¿qué hacía ese menor a esa hora en ese lugar? preguntan los que pretenden creer que eso no sucede a diario; ¿dónde estaba la seguridad del local?, ¿por qué nadie lo defendió ni detuvo el ataque? Demasiadas que sólo los involucrados pueden contestar y las autoridades que deben investigar y tomar medidas, pero que permanezcan. En éste y en todos los demás establecimientos del polígono central, de los barrios, de los pueblos, donde los menores de edad son clientes habituales. La ley es ley para todos.
Yo creo que el meollo de este asunto sigue siendo la impunidad; la impunidad que permite que los establecimientos rompan las leyes, la que permite que individuos agredan a otros y salgan muy campantes del país (de lo que hay muchos ejemplos que involucran a niños bien de apellidos sonoros de esta media isla), validando así nuestro status de selva: el más fuerte, gana.
® La foto creo que es de la dicoteca Opus, y salió en este artículo. No pude encontrar ni una imagen de Tops, Alexanders, Grand Café, uf.

“Yo e’pero”. La campaña de la Emisora Juvenil.

Yo e’pero

Ya hace semanas que empezó a circular este video, no lo he visto en televisión abierta, me imagino que en los canales religiosos sí se está pautando, pero en los días de su salida, se comentó bastante en las redes sociales. Cuando lo vi, me pareció totalmente acertado y mi primera impresión fue: “eso es lo que la iglesia tenía que hacer. Lo único que tenía que hacer”.

Y sigo pensando igual. La posición de la iglesia es esa, esperar al matrimonio para tener relaciones sexuales, y a enseñar eso es que debe dedicarse. En lugar de pretender coartar la libertad de expresión y acción de otras instituciones, debe enfocar sus energías y sus recursos en EDUCAR, no reprimir. Educar con sus métodos, sus propias enseñanzas.

Me parece que el mensaje que transmite esta pieza es acertado hasta cierto punto. Y no lo es totalmente sólo porque al final, por supuesto, no pudieron evitar dejar su impronta de juicio, calificando de “contra los valores” la posición opuesta. Otro punto, reprochable a mi entender, es la frase “las consecuencias pueden ser fatales” ya que está dirigida a atemorizar, pero el resto de la comunicación está bien enfocada.

Eso también es válido en la educación sexual sana: enseñar a esperar, inculcar las razones por qué es mejor hacerlo y sobre todo, darle la opción al adolescente de que puede hacerlo, puede elegir esperar o no esperar. Con información puedes elegir qué quieres.
Abstinencia, pero con criterio, entendiendo la realidad de los jóvenes, del entorno, de la libertad.

Ese es el punto.

“Puedes esperar, tienes derecho a decir que no, pero si decides no hacerlo, aprende cómo cuidarte”. Eso sería para mí el mensaje correcto, pero pedir esto, de la Iglesia, sería demasiado; nunca lo harán, pero soñar no cuesta nada.

Siempre dije que, en mi opinión particular, a la campaña de Profamilia le había faltado una versión que motivara a la abstinencia, pero después pensé que ese no es el trabajo de esta institución, su objetivo es promover la libertad de derechos sexuales y reproductivos y contribuir, con esa educación, a detener la avalancha de enfermedades y embarazos no planificados en nuestra población adolescente y joven. Punto.